29 ago. 2010

Dejen en paz al gallego

Xosé Manuel Pereiro no País:

Este verano, en Panxón, escuché a unos chavales despedirse irónicamente: "Como dicen en la gallega: Ata a noitiña, rapariga". Por su acento, no eran veraneantes y todo apuntaba a que de familia gallegohablante (y además, seguidores de TVG). Pero, evidentemente, la expresión les chocaba, porque ya casi nadie habla así, excepto quizás don Avelino Pousa Antelo cuando se pone solemne. Archivé mentalmente la cosa como una muestra de la preferencia de la corrección sobre la comunicación en algunos ámbitos, pero resurgió como un resorte a raíz del debate sobre el riesgo de hibridación que corre, o no, el idioma gallego, debido a la influencia del castellano.

Como otros debates lingüísticos en Galicia, la polémica no se redujo a los foros especializados en filología, como sería normal en una sociedad normal. El castellano es un acerico de anglicismos, pero ya ni los catedráticos jubilados de lengua escriben cartas al director para quejarse. La última polémica que recuerdo sobre el español fue, en 1997, por la propuesta de eliminar la hache, unificar las bes y las uves, jotas y ges, y eso porque la hizo Gabriel García Márquez, y en el primer Congreso Internacional de la Lengua Española. Aquí tiene más interés mediático la lucha de titanes por la candidatura socialista a líder de la oposición autonómica de Madrid que los avatares del idioma en el que hablaban todos nuestros bisabuelos, pero aún así, en las páginas o en las pantallas se han manifestado, entre otros, Xosé Luís Méndez Ferrín, Francisco Fernández Rei, Xosé Ramón Freixeiro Mato, Xosé Manuel Sánchez Rei, Henrique Monteagudo, Goretti Sanmartín, Valentim Rodrigues Fagim, Filipe Díez e Isabel Rei (según la relación que recojo del blog de uno de los principales debatientes, Carlos Callón). Aquí, con la práctica del idioma gallego diluyéndose desde hace años como lluvia fina con tendencia a arreciar, lo más granado de nuestra intelectualidad se faja sobre el mal uso, o no, que hacen de él los resistentes.

Evidentemente, el meollo del debate, o la excusa para sostener una capoeira dialéctica, un intercambio de patadas voladoras entre viejos rivales, es la preocupación por el futuro del idioma. Yendo más allá del legítimo derecho de optar por una norma, hay quienes sostienen (compartiendo argumento con el enemigo) que pasa lo que pasa porque que lo que llamamos gallego es un castrapo normativo, como si fuesen las supuestas flaquezas filológicas de un idioma las que determinan su porvenir. Otros, desde el buenismo, abogan por un rearme paulatino, combinando el injerto en pequeñas dosis de términos calificados como etimológicos con el acceso a libros y medios de comunicación portugueses, sin concretar en qué puede ayudar sustituir el neologismo "concelleiro" por el teórico étimo "vereador", ni cómo, abierto el acceso a lo que sea, se vaya a garantizar su consumo. Incluso los partidarios de no meneallo se apuntan al coro apocalíptico y, para no ser tachados de integrados pancistas, rebuscan incorrecciones para flagelarlas en público. Claro que es más correcto "meu deus!" que "diormío!", pero ¿más gallego?

No es que no haya ríos de reproches que hacer. Está claro que cualquier miembro de nuestra clase dirigente se queda más ancho que alto después de asestar en público un "he dito que", pero profesaría en el monasterio de Desván de los Monjes si se le escapase un "me se ocurre que". Y que su falta de respeto a una de las señales de la identidad a la que le debe el sueldo es síntoma de la escasa consideración que tiene a su responsabilidad institucional (y del poco rechazo social que genera esa incompetencia concreta). Pero ¿la alternativa es que argumente que, como lo habla mal, no lo usará en absoluto? (ya veo el titular: "Yo las cosas las hago bien, o no las hago"). La transmisión de una lengua se realiza en el entorno educativo, por los medios de comunicación y en los grupos sociales. Tal como está el patio en los dos primeros ámbitos, andar llamando la atención al recurso que queda no parece muy conveniente.

Son los gallegohablantes de a pie los que dicen "jueves" y "acera", pero también los que mantienen la sintaxis propia y los que crean o adaptan los neologismos que demandan los tiempos (como se puede comprobar, y de paso partirse de risa, en la web Disionario da Revolusionaria Academia Morracense da Lingua). Los neohablantes de gallego (y los que lo han aprendido aunque no lo usen) saben que se dice "xoves" y "beirarrúa", pero en la mayoría de los casos suena como si emplearan un traductor informático del castellano. Emprender la campaña de la pureza (caso de que existiera en las lenguas o en las razas) supone para los primeros rearmar el baldón de que lo que hablan es un dialecto que deberían sacudirse cuanto antes. Para los segundos, volver a los tiempos -que nunca se han ido del todo- en que un neohablante tenía que practicar en la intimidad hasta tener un nivel aceptable para presentarse en sociedad sin que su intento fuese recibido, no con el apoyo y el reconocimiento que merecía su esfuerzo, sino con rechifla.

La polémica tiene unas evidentes connotaciones eclesiales, de pastores que debaten sobre cómo mejor guiar al rebaño. Siendo ingenuo, recuerda a los sabios de Constantinopla discutiendo sobre cuántos ángeles cabían en la punta de un alfiler mientras los turcos asediaban la ciudad. Siendo malicioso, es mejor símil la Iglesia Católica, que en tiempos de crisis, perdiendo terreno hasta en bastiones tradicionales como América Latina, renuncia al ecumenismo y se parapeta en las esencias. Por paradójico que suene, no hay nada como un buen enemigo interno para mantener la unión.

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